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Opinión / Al Buen Entendedor

Al buen entendedor

Elsa Torres Ceja
Elsa Torres Ceja elsa.torres@capitalmedia.mx
Hace 2 semanas
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Dudo que la muerte sea tan eterna como dicen; un viaje sin retorno a un lugar donde los que llegan, desaparecen. No creo que existan el cielo y el infierno, una recompensa o castigo por los actos cometidos en vida.

Lo que hacemos aquí (bueno o malo), lo tenemos que pagar aquí. El término compuesto “más allá” está fuera de todo contexto o comprensión. Más allá, ¿de dónde? ¿de quién? No siento temor en un camposanto, no me dan miedo lo fantasmas, los espectros o los monstruos, figuras ridículas creadas por una imaginación torcida para negar algo que es inminente, todos vamos a morir.

Si el ciclo es nacer, crecer, reproducirse y morir, entonces la muerte es parte de la vida, o la vida misma. Arrepentirse, cuando se agoniza, de todo lo que en vida no se hizo, es la peor estupidez. Para eso tenemos la vida, para vivirla, no para reprimirnos y evitarla, y la muerte llega y la debemos recibir satisfechos.

Algunas veces, cuando cierro los ojos, reconozco el ruido de las llaves de mi abuelita Chayo, las ponía en su mandil, siempre usaba mandil y rebozo que combinaba con su pelo blanco y su piel morena. Su risa era sonora y sus ojos chiquitos; sus manos frías, sus dientes escasos. Vi a mi padre acariciarla en su ataúd, mientras prometía alcanzarla algún día.

La tía María, la abuelita Melus, Ramoncita y Lorenzo. Lentes, olor a cigarro, sonrisas, canas, caricias. Aquí están todos contando sus historias y viviendo esa vida que me mostraron.

Todos decían que Ricardo era un hombre rudo, muy cabrón. Tenía acento jalisquillo, escaso pelo y gustaba de usar botas. En uno de esos actos generosos de la vida conoció a Rocío. En el transitar de su vida adulta, Rocío tuvo muy pocos motivos para sonreír, pero lo hacía constantemente. Fumaba, tomaba coca y de cada tres palabras dos eran una grosería; bailaba y cantaba. Se unió con Ricardo, tanto así, que uno no pudo vivir sin el otro. Todavía encuentro colillas de cigarro en el rinconcito de la cocina donde las dejaban. Siguen apareciendo.

Don Rafael, mi abuelo, ya no podía hablar y la mayor parte del tiempo, por faltar la fuerza en sus piernas, permanecía confinado a un sillón. Sólo nos miraba con sus ojos que habían visto ya tanto, que habían leído tanto. Uno de esos días, por alguna razón, frente a él le di una nalgada a mi hija menor, que entonces tendría poco más de un año. Los ojos de mi abuelo se encendieron y por un momento se levantó del sillón e intentó lanzarse sobre la niña para protegerla. Siempre lo movió el amor por su esposa, sus hijos, nietos y bisnietos. Montaba en bicicleta y pedaleaba con el corazón.

Un día descubrí a Alicia, mi abuela, mirando un retrato en el que aparecía con Rafael. Él de traje, ella con vestido blanco de cola y un sencillo tocado en su pelo. Siempre miraba esa foto con cara de enamorada. Volteó y pidió que le cantara “Solamente una vez”…

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