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Opinión / 

Todo lo he inventado, Farabeuf

Carlos Rojas Martínez
Carlos Rojas Martínez calichecaroma@gmail.com
Hace 2 semanas
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¿Recuerdas a Farabeuf? Te había contado de esta novela a modo de écfrasis, te dije que me pareció un largo poema en prosa escrito en la piel con un brillante escalpelo. ¿La piel de quién? Preguntas y no sé cómo responder, quisiera decir que es tuya, pero tú nunca la leíste, ¿o sí? Imagina que esto pudo haber pasado y que la tinta es roja.

La crónica de un instante condenado a la repetición y, por su propia condición, a la alteración de los detalles, me equivoco, como ya es costumbre, porque mi memoria juega a las escondidas con el tiempo. Te cuento esto para creer que alguna vez leí ese texto y que tú me entiendes, tropiezo con mis palabras y te arrastró al abismo de la explicación.

De lo que estoy cierto, por no decir seguro, es del nombre del autor. Salvador Elizondo, hombre que fue mucho más que un tercero al lado de Paz y de Borges, ¿te acuerdas de ese video en donde los tres aparecen (todo es un acto de magia) pero únicamente hablan dos? Te repito el nombre del hombre que escribió Farabeuf: Salvador Elizondo. ¿Recuerdas sus otros libros, los cigarrillos que se fumó, los tragos de whisky y las discusiones sobre literatura que tanto le apasionaban?

Farabeuf puede ser un cirujano francés que hurtaba cuerpos de los cementerios para probar sus innovadores instrumentos de tortura. También te conté que tenía la impresión de que este Farabeuf literario usurpaba las identidades de amantes desaparecidos, el brutal Don Juan encontraba a sus compañeras a través de la ouija, con un sí o un no llegaba hasta las damas ávidas de tortura y las poseía con su bisturí de acero. Invento tantas cosas, te invento.

Había ahí un libro que mutaba, tres monedas que caían, un espejo viejo. La sangre brotaba, se formó un charco, escribí el número seis en un idioma desconocido. Y hasta ahora no te había mencionada la fotografía. ¿Cuál imagen? La del suplicio chino de los mil cortes. Alguna vez (debo confesarte que he olvidado casi todo) hojeamos ese libro de Bataille en el que Eros lloraba.

Quiero que rememores esto sin ayuda de las citas y los cisnes degollados, te desnudo la memoria eidética; cuando era más pequeño me obsesionaba con los detalles, nunca he olvidado aquella estrella de mar que se pudrió en tus manos.

La playa está llena de bruma, he regresado a ella una y otra vez, con la esperanza de encontrar de nueva cuenta al niño que construía el castillo de arena que no viste. Ahora confundo la existencia con la ausencia, ¿eramos nosotros o fue Elizondo quien pintó este detalle al óleo en mi cabeza? Tú no dices nada, estás mirándote en el espejo sucio, ¿acaso buscas vestigios de mí en tu reflejo? Quiero leer Farabeuf contigo.

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