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Miércoles 20 de Marzo 2019

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Al buen entendedor

Juan José Rosales. Foto: Especial Foto Capital Media
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08 de Noviembre 2017
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Fue un martes violento: quienes bloqueaban de forma ilegal calles y avenidas, agredieron a ciudadanos que deseaban llegar a su trabajo, a la escuela, a sus casas. Ciudadanos agredieron a los que impedían la libre circulación, la frustración impulsó los golpes, las patadas y los reclamos cargados de mentadas de madre. Elementos de seguridad pública golpearon de forma abusiva a manifestantes sometidos e indefensos. Periodistas y reporteros que cubrían los hechos debían cuidarse de unos y otros porque podría llegar un “toletazo” de algún gorila o una pedrada arrojada de forma anónima por las huestes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

La sinrazón se paseaba oronda por algunas zonas de Morelia, donde la falta de gobernanza y el fracaso del diálogo, mezclado con las malsanas aspiraciones políticas de algunos, conformaron un coctel explosivo, cuya onda expansiva cimbró la estructura del gobierno estatal. Algo quedó claro: lo que pasó la mañana del martes 7 de noviembre fue orquestado. En determinado momento, las mentes perversas perdieron todo control y apareció la violencia desbordada.

Ahí quedan los videos de las agresiones, los gritos, el gas lacrimógeno, palos, las piedras, balas de pintura; rostros cubiertos, toletes y machetes; ahí está la semilla del caos sembrada. La evidencia indica que los manifestantes tenían órdenes de resistir a como diera lugar, y los elementos de seguridad de embestir contra todo y contra todos. Un escenario claramente armado que, ya en otras ocasiones, ha funcionado con fines político-electorales.

El secretario de seguridad pública, Juan Bernardo Corona, trataba de liberar las vialidades usando la diplomacia. Hablaba con los líderes haciendo un trabajo que no le toca, pero privilegiando, antes que la violencia, la negociación. Pero a sus espaldas, se giraban órdenes entre la tropa de cargar, en cuanto se retirara el secretario. Y así pasó con las lamentables consecuencias que ya conocemos. Alguno de los mandos de seguridad pública cumplió con su encomienda, traicionando la labor del superior.

Estos bloqueos, manifestación o como guste llamarla, fue demasiado violenta, los contingentes fueron conformados por la fracción más radical de la CNTE y de los otros sindicatos participantes. Se preocuparon especialmente por amedrentar y agredir a camarógrafos, fotógrafos y reporteros porque sabían perfectamente la reacción que esto causaría. Reitero, ahí están las imágenes y los testimonios sobre lo que ocurrió para confirmar que todo fue orquestado.

Hace dos sexenios ocurría exactamente lo mismo: un colmilludo político michoacano avecindado en Ciudad de México y repatriado al gabinete, con aliados en otros partidos políticos, dirigían un sinfín de conflictos, sumados sus aliados en grupos de choque y sindicatos. Cuando el caos aparecía, ofrecía al gobernador en turno (preocupado por la fiesta y la cultura en lugar de gobernar) la solución al conflicto, convirtiéndose en pieza clave de la gobernanza. Luego, ese mismo “indispensable” fue candidato a gobernador.

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